SU MARCA ESTÁ EN MÍ

No temas, que yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; tú eres mío. Isaías 43:1

En la pared del museo del oeste hay una colección de hierros para marcar ganado. Cada ranchero tenía su hierro particular distintivo para marcar el ganado, como de su propiedad. “Estos me pertenecen”, era lo que decía claramente cada hierro de marcar. El Señor también tiene una marca distintiva para los que le pertenecen. Cuándo él dice: “Yo te he redimido”, está señalando a la cruz de Jesús. Yo era uno que no tenía dueño, que no le pertenecía a Dios. Con las cuerdas del pecado, Satanás me tenía atado de pies y manos; cuando llegó el momento del rodeo eterno, el diablo quiso tenerme encerrado por siempre dentro del corral de infierno. Pero el Dios de toda misericordia intervino: envió a su Hijo a rescatar a los pecadores de las garras de Satanás. No con unos cuantos dólares por cabeza, sino con la preciosa sangre de su unigénito Hijo, fue pagado el rescate. Y ese precio fue suficiente para todos los pecadores de todos los tiempos.

Cuando Dios dice “Te he llamado por tu nombre”, habla de más gracia aún: no solo pagó él por mí con la sangre de su Hijo, también me llevó a su rebaño. Por medio del bautismo, pone su marca en mí, pone el signo de la cruz de su Hijo en mi corazón. Por medio de su Palabra y su santa comunión, obra para renovar esa cruz fortaleciendo mi fe. Mi Dios es un ranchero que es capaz de mantenerme a mí y a todos los que ha hecho suyos por medio de la fe, a salvo para el glorioso rodeo en el último día. “Tú eres mío”, dice el Dios de toda gracia. Es por eso que yo puedo decir con alegría: “Su marca está en mí”.

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Oración:

Señor, te doy gracias porque me hiciste tuyo por medio de la fe en Jesús. Te pido que conserves siempre tu marca en mí. Amén.