PIENSE, Y HÁGASE RICO

El reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo. Cuando un hombre lo descubrió, lo volvió a esconder, y lleno de alegría fue y vendió todo lo que tenía y compró ese campo.

– Mateo 13:44

Cierta vez leí que la peor edad para ser pobre es cuando ya se es anciano. Hay cierta lógica en esa afirmación. Pero la verdad es que la peor etapa de nuestra existencia para ser pobre no es la de la ancianidad sino la de la eternidad. Es verdad, si usted no es rico al resucitar, será pobre por los siglos de los siglos.

Mucha razón tiene Salomón cuando escribe: «[El ser humano] al fin de cuentas, acaba por irse de este mundo tan desnudo como cuando nació, ¡y sin llevarse nada de lo que tanto trabajo le costó ganar! A mí me parece terrible que al morir nos vayamos tan desnudos como vinimos. ¿De qué nos sirve entonces tanto trabajar, y pasarnos la vida tristes, molestos, enfermos y enojados?» (Eclesiastés 5:15-17). Pues como dice Pablo: «Nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar» (1 Timoteo 6:7). Por tanto Dios, en su sabiduría, nos ordena no hacer tesoros en la tierra sino en el cielo donde la riqueza es eterna (Mateo 6:19-21).

¿Cuál es esa riqueza que es representada por el tesoro escondido? El tesoro es Jesucristo, pues con su preciosa sangre nos limpia de los pecados y con su obediencia activa ganó todos los méritos que necesitamos para ser gratos delante del Señor. Por esos méritos, todo lo bueno que hacemos en obediencia imperfecta y pecaminosa es revestido de los méritos de Cristo de modo que es considerado como perfecto para alcanzar recompensas de gracia.

Oración:

Señor, ante ti nada tengo, pero gracias a los méritos de tu Hijo Jesucristo tengo riquezas eternas. Te suplico que me concedas ser un siervo fiel que te sirve impulsado por la gratitud a tu amor divino. Amén.