DIOS QUIERE QUE SEAMOS SANTOS

Ustedes saben cuáles son las instrucciones que les dimos de parte del Señor Jesús. La voluntad de Dios es que sean santificados […] Dios no nos llamó a la impureza sino a la santidad; por tanto, el que rechaza estas instrucciones no rechaza a un hombre sino a Dios, quien les da a ustedes su Espíritu Santo.

– 1 Tesalonicenses 4:2-3,7-8

Dios nos manda: «Sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: “Sean santos, porque yo soy santo”» (1 Pedro 1:14). Sí, él demanda que seamos santos y que hagamos obras santas. Dios nos llama a la santidad, a ser su pueblo santo, su sacerdocio santo, su templo santo, su iglesia santa (1 Pedro 2:5, 9; Efesios 2:21; 5:27; 1 Corintios 3:16). Ser santos no es solo amar lo que Dios dice que es bueno, también es odiar lo que Dios dice que es malo, odiar el pecado. Dios no tolera en su presencia aquello que no es santo.

La verdad es que ninguno de nosotros obedece a Dios perfectamente. Sencillamente por nuestros esfuerzos no podemos ser santos. Nosotros, humanos pecadores desde nuestra concepción (Salmo 51:5), solo merecemos la condenación eterna. A causa del pecado, no podemos darnos cuenta de nuestra calamitosa condición pues pensamos que somos buenos y podemos merecer el cielo. Por esto, el Espíritu Santo usa la ley moral de Dios como un espejo que nos muestra cuán pecadores somos, tal como lo explica San Pablo: «No hay un solo justo, ni siquiera uno […] No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo! […] Por tanto, nadie será justificado en presencia de Dios por hacer las obras que exige la ley; más bien, mediante la ley cobramos conciencia del pecado» (Romanos 3:10-12, 20). Tratar de obedecer la ley no nos restablece a la comunión con Dios; sólo por los méritos de Cristo, su perfecta obediencia activa y su muerte vicaria, eso es posible.

Según la Biblia Dios escribió su ley en los corazones de todos los humanos (Romanos 2:15). Lastimosamente, el pecado dejó borrosa esa escritura. Por eso la ley, usada como espejo, permite hacer nítida la ley escrita en nuestro corazón y mostrarnos lo pecadores que somos. Solo cuando comprendemos lo horroroso del pecado y sus consecuencias estamos listos para oír el evangelio. La buena noticia de salvación cambia nuestro corazón incrédulo en uno agradecido. ¡Por gratitud, queremos conocer y aprender la ley de Dios!

Oración:

Señor, no me dejes desviarme de tus mandamientos. En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti. Bendito tú, oh Jehová; Enséñame tus estatutos. Amén. (Salmos 119:11-12)