“Dios muestra su amor por nosotros en que, cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8)

ÉL NOS AMÓ PRIMERO 

Nuestra naturaleza humana es hacer primero lo que nos agrada y posponer las tareas que no nos agradan. En algunos casos, no importa el orden en el que lo hacemos. Otras veces, el orden puede hacer una gran diferencia.

Puede resultar más placentero lavar y lustrar un carro nuevo que cortar el césped que hemos cortado tantas veces. Pero si después comienza a llover, hubiera sido mejor haber cortado el césped primero.

Tal vez no importa si Tomás juega béisbol o primero hace la tarea después de clases. Pero si más tarde no tiene tiempo suficiente para terminar la tarea, al día siguiente en el salón de clase hubiera deseado haberla terminado antes de haber recogido el guante para jugar.

En el plan de Dios de salvación, la muerte de Cristo fue la base para cualquier cambio hecho en nosotros. No podía ser de otra manera, puesto que “aún éramos pecadores”. No podíamos acercarnos a Dios para hacer un llamamiento a la paz. El reflector de la santidad de Dios expuso la corrupción de nuestra vida. Tuvimos que confesar que no habíamos cumplido sus requisitos. Su ley nos condena justamente.

Por otra parte, el santo Dios tampoco podía aceptarnos, a nosotros los pecadores, hasta que hubiera tratado nuestro pecado. El perdón y la aceptación no podían venir hasta que se realizó la expiación. ¡Oh bendito y santo día en que el amor de Dios entró en acción! En vez de abandonarnos para que muriéramos en nuestros pecados, decretó la muerte de su propio Hijo a nuestro favor. Cuando Jesús murió en el Calvario, el inocente por los culpables, la justicia de Dios se satisfizo. Nuestra deuda fue marcada: “Pagada en su totalidad”. Cristo absorbió la sentencia de condenación que había pasado a nosotros. Desde antes de la fundación del mundo, ese fue el plan misericordioso de Dios para nosotros.

“¡No me digas que me amas! ¡Demuéstramelo!”, decimos algunas veces el uno al otro. En el texto de nuestra devoción para hoy, el Espíritu Santo nos da un empujoncito, exhortándonos a tomar en serio lo que Dios nos dice, pero no a ciegas. El evangelio es más que un mensaje de Dios que dice: “Te amo”. Las Escrituras presentan pruebas concretas del profundo amor de Dios, en la muerte de Jesucristo. Por naturaleza estamos temerosos de encontrarnos con nuestro Creador. Sabemos lo que merecemos. Pero una vez que hemos visitado la cruz, ya no tenemos miedo. Allí vemos a Cristo crucificado por nosotros. Y “nosotros lo amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).

Oración:

Querido Padre celestial, gracias por la prueba de tu amor. Rogamos en el nombre de Jesús que nuestro amor por ti nunca se enfríe. Amén.