CONFESIONES DE FE: JUANA MEDINA

Después de crecer con la idea de que Dios busca castigar a los creyentes, una mujer encuentra consuelo en el pleno perdón a través de Jesús.

Juana Medina nació al sur de la frontera entre México y EEUU, en la ciudad céntrica de León, México. Ella creció en una familia fuertemente católica. «Nosotros éramos católicos—siempre habíamos sido católicos,» ella recuerda. «Siempre íbamos a la iglesia.»

El catolicismo es predominante en México, y en donde creció Juana, las otras religiones eran escasas y dispersas. «Solamente sabía que había dos tipos de personas religiosas: católicos y protestantes,» nota ella. «En cuanto a protestantes—pues, mi familia ni se acercaba a los hogares donde sabían que vivían protestantes.»

Creencias en México

«El catolicismo se asemeja más al catolicismo al tiempo de Lutero que al catolicismo en Estados Unidos hoy en día,» explica misionero Mike Hartman, quien sirve en Latinoamérica. «Al fondo está la idea que Dios es severo y quiere castigarte.»

Esta es una de las razones principales típicamente dadas en el catolicismo en México para acercarse a María, agrega Hartman. «Las madres son amables y gentiles. Los padres son severos y machos. A menudo dicen, ´Si quieres algo, preguntas a mamá, no a papá.´»

A lo largo de Latinoamérica, hay un hilo del catolicismo dominante en la cultura. Esto quiere decir que las otras religiones o creencias muchas veces son rechazadas. Para explicar este fenómeno, Juan Ricardo Díaz, un miembro de WELS que trabaja por Wisconsin Lutheran Child and Family Services, escribió un libro titulado, Soy Católico, no Cristiano.

«Un católico típico en el centro de México sentiría insultado si lo llamas cristiano,» nota Hartman.

Una enfermedad debilitante

Cuando Juana se casó, seguía viviendo en León y asistía a la iglesia católica. Ella y su esposo formaron su familia y con frecuencia se reunían con sus parientes en el área, quienes también eran católicos.

Mientras crecían sus hijos, Juana se enfermó. Su condición empeoró, y los doctores no podían encontrar una cura. «Todos mis huesos me dolían,» ella dice. «No podía mover nada excepto la boca. Era una completa invalida.»

Por tres años, los miembros de la familia la llevaban a doctor tras doctor, sin encontrar cura. «Algunos doctores pensaban que tenía problemas con mis riñones o el hígado, pero yo no estaba convencida. Tenía molestias diferentes cada día.»

La enfermedad de Juana seguía a un ritmo debilitante. Llegó al punto en qué ella ya no quería vivir. «Los doctores me recetaban medicina y yo me negaba a tomarlas. Solo quería morir.»

Su madre le animó a buscar tratamiento en otro lado. Uno de los hermanos de Juana vivía en California, y la familia la mandó allá a buscar ayuda. «Pensé que ellos estaban cansados de lidiar conmigo y solo me querían fuera de sus vidas,» recuerda ella. «Pensé que me iría para allá y moriría.»

Débil y enferma, Juana llegó a la casa de su hermano en California. Poco después, la ingresaron a un hospital cercano.

Juana se quedó en el hospital por tres meses. Cuando la dieron de alta, ella solamente se sentía un poco mejor. «Me recuperé, pero nunca me repuse por completo,» ella nota. «Nadie pudo determinar lo que tenía. En retrospectiva, sin embargo, sabía que parte de ello fue depresión.»

Después de ser dada de alta del hospital, Marcelo, el esposo de Juana, decidió ir a California para estar con ella. Él trajo a sus hijos además de una hermana y su bebé. Todos se quedaron con parientes por un tiempo. Entonces Juana recibió una vivienda a través del gobierno, y la familia se mudó allí.

Aprendiendo sobre otras religiones

Durante su estancia en el hospital, una de las enfermeras le contó a Juana sobre un lugar donde podría ir por ayuda. Mientras los doctores no podrían identificar exactamente qué estaba mal con su cuerpo, las enfermeras sugirieron un lugar que podría proveer ayuda. «Sonaba como un lugar raro—estaba segura que estaba lleno de brujas,» recuerda Juana.

Desesperada por respuestas, cuando salió del hospital, Juana fue a esa dirección con su hermana. «Era una iglesia cristiana, lo cual no había entendido antes de llegar allí. Me gustaba, y fue en ese lugar donde empecé a aprender que Jesús me ama tal como soy.»

Juana asistió a la iglesia por un tiempo, pero también empezó a involucrarse en una iglesia católica cercana.

Una mudanza alejándose de la violencia

La familia se acopló a la vida en California. Juana y su esposo tenían cuatro hijas y cuatro hijos. El vecindario en que vivían era un lugar conflictivo y peligroso, lleno de pandillas y riñas frecuentes.

«Cuando mi hija mayor estaba a punto de cumplir 15 años, empezamos a planear su fiesta,» recuerda Juana. En México, las familias a menudo celebran una fiesta especial cuando la hija cumple quince años. La hija por lo general usa un vestido formal, es acompañada por chambelanes, y se realiza una misa y una celebración en su honor.

La hija de Juana nunca asistió a la fiesta. «Dos meses antes del gran día, fue asesinada,» explica Juana.

El evento impactó a la familia. Juana y su esposo se preocupaban de que, al crecer los otros hijos, se involucrarían en la atmosfera violenta del vecindario—o peor, intentarían vengarse del asesino de su hermana.

La familia buscaba un lugar nuevo y más tranquilo para vivir. Después de revisar las opciones, decidieron mudarse a Edna, Texas.

Allí encontraron un ambiente y estilo de vida tranquilo. Después de instalarse, Juana notó que una iglesia luterana estaba ofreciendo clases de inglés. Se inscribió y empezó a asistir a los cursos.

El año fue 2007, y la congregación apenas había empezado un programa de inglés. Ofrecían clases bíblicas también. «Empecé a asistir al estudio bíblico allí pero todavía estaba activa en la iglesia católica,» recuerda Juana.

Aferrándose a la Biblia

Después de asistir a los estudios bíblicos por varios meses, Juana llegó a apreciar las enseñanzas detalladas de la Biblia. «Empecé a darme cuenta de que Dios no me echa en cara mis pecados. Antes, siempre estaba viviendo en pecado y atormentada por mis malas obras.»

En 2009, la congregación empezó a ofrecer los cultos en español. «Cuando el pastor me dijo que iban a tener el culto en español, le dije que no funcionaría muy bien, y que no mucha gente llegaría.»

Preocupada por la asistencia baja, Juana llamó a su familia y parientes en el área y les animó a asistir. «Les dije que fueran para que por lo menos algunas personas estarían allí.»

Marcelo, el esposo de Juana, aceptó ir al culto con vacilación. Al regresar a casa después del culto en español, le dijo a Juana, «No puede ser tan fácil. Tenemos que hacer algo. Dios no puede perdonar nuestros pecados así nada más.»

Juana le explicó a su esposo lo que había aprendido de la Biblia, y que Dios de verdad nos limpia de todo pecado.

Juana y Marcelo tomaron clases para hacerse miembros y después fueron confirmados. Ahora los dos son activos e involucrados en la iglesia. «Cuando surge algo en que puedo ayudar, siempre lo hago,» nota Juana. «Mi esposo es pintor, y arregla cosas en la iglesia y la propiedad.»

Ella siempre la forma de invitar a sus hijos y miembros de la familia a asistir a la iglesia donde se ofrece la paz completa en nombre de Jesús.

«Antes siempre tenía una imagen de un Dios que me quería castigar,» dice ella. «En la iglesia luterana aprendí sobre su amor.»

Artículo escrito por Rachel Hartman.

© Forward in Christ. Todos los derechos reservados. Traducido y reimpreso con permiso.

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