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“Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Pero si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Por ambas cosas me encuentro en un dilema, pues tengo el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedarme en la carne es más necesario por causa de ustedes” (Filipenses 1:21-24).

Vivir para Cristo

Cuando una sociedad pierde el rumbo de la moral, sus miembros desarrollan opiniones extrañas acerca de la vida y la muerte. Somos testigos de los debates acalorados con respecto al suicidio. Cuando la vida ya no se considera como una doble bendición de Dios —creada y redimida por él—, cuando la gente no quiere reconocer que el tiempo de su vida está en manos de Dios, cuando la gente olvida que Dios tiene un propósito para su vida, entonces aquellos que sufren una enfermedad crónica y dolorosa a menudo no ven el valor en sus vidas. Quienes los cuidan piensan que muestran compasión asistiendo a los enfermos a terminar con su vida. Cuando la gente no quiere creer que la vida es un don de Dios, su forma de pensar cambia radicalmente.

El apóstol Pablo quería morir. No, la enfermedad crónica y el encarcelamiento no habían cambiado su forma de pensar. No había perdido de vista la gracia de Dios. Todo lo contrario. Conocía las palabras del salmista: “Mi vida está en tus manos” (Salmo 31:15). Sabía que la decisión final acerca de su vida estaba en manos de Dios, quien actuaba por medio de su instrumento humano, el emperador romano. Pablo quería morir, porque sabía que la bendición primordial sería suya cuando ocupara su lugar en el reino eterno de Dios en el cielo.

Pero Pablo también sabía que Dios tenía un propósito para él: compartir el evangelio con otros. Sabía que eso era importante. Podría ver la gracia de Dios en acción si Dios elegía dejarlo vivir por más tiempo.

Desde el huerto de Edén, el problema que hemos tenido es el deseo de tener el control. Cuando la enfermedad o la catástrofe nos recuerdan que no tenemos el control, nos enojamos o tenemos miedo. Pero podemos encontrar gran consuelo, sabiendo que Dios todavía es el Señor de la vida y de la muerte. Como un misionero veterano de un país plagado por el terrorismo una vez dijo: “No hay balas perdidas”. Nuestra vida está en manos de Dios. No importa que estemos activos y saludables o postrados en cama y enfermos. Lo que importa es que en la vida y en la muerte, somos del Señor.

Oración:

Señor, perdóname por querer tener el control sobre mi vida y mi muerte.Sigue alimentándome por medio de tu promesa para que si vivo o si muero, sea tuyo. Amén.

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