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Pablo

Estando prisionero en Roma, Pablo escribe algunas de las palabras más conocidas de su turbulento ministerio.

Theodore J. Hartwig

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de justicia, que en aquel día me dará el Señor, el juez justo; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.”

¡Palabras significativas! Ellas se elevan como un águila. Ellas pertenecen a las últimas palabras del apóstol Pablo en su última carta, 2 Timoteo (4:7,8). Languidecía como prisionero en Roma. Sólo el fiel Lucas estaba con él. En esta crisis Pablo escribe algunas de las mejores palabras de su turbulento ministerio. Recordamos una frase de Shakespeare, “El sol poniente y la música de cierre…es el dulce final” (Ricardo II, Acto 2, Escena 1). Así es la despedida de Pablo.

Pablo escribió, “He peleado la buena batalla.” Podía estar recordando sus sufrimientos corporales: golpeado con varas, náufrago, hambriento y sediento, con frio y desnudo, la lista es larga. En un nivel más alto, piense en la lucha de Pablo por el puro evangelio, libre de agregados humanos. Apartados de las leyes alimenticias, las leyes de días festivos, las restricciones sociales, las preparaciones del cuerpo. Estén firmes en la libertad que en Cristo han sido hechos libres. El ministerio de Pablo lo involucró en una batalla. Y la batalla fue buena, noble, y excelente por el premio dado al ganador.

Pablo cambia de una batalla a una carrera: “He acabado la carrera,” Él practicó lo que predicó. Él tuvo un estricto entrenamiento. Él no corrió en vano, para ser descalificado. Él corrió de la manera adecuada para obtener el premio. Y lo hizo hasta la meta: “He guardado la fe”

“Me está reservada la corona de justicia.” La corona no tiene mancha ni está empañada porque su justicia o perfección santa vienen no por nuestras obras sino que es el regalo de Dios por medio de su amado Hijo. Este fue el descubrimiento de Lutero. Como él lo describe, “Yo odiaba es palabra ‘justicia de Dios,’ la cual. . . se me había enseñado a entender como la justicia de Dios que castiga a los injustos pecadores. . . . Por último, por la misericordia de Dios, presté atención al contexto de las palabras. Entonces comencé a entender que es la justicia con la cual el Dios misericordioso nos hace justos por la fe… Entonces sentí que había sido engendrado de lo alto y había entrado al paraíso por puertas abiertas” (Paráfrasis de las Obras de Lutero 34:336-337).

Por eso Pablo pudo escribir con plena certeza que iba a recibir la corona de justicia, la cual le será dada cuando el Juez justo regrese. Si “le será dada” suena como una recompensa, a nuestro ser interior le gusta pensar que la ganamos. Nuestra devoción a Dios tiene el hábito de volverse a nosotros. Por eso los oponentes a Lutero sostenían que si la vida eterna es llamada una recompensa, entonces la obtenemos por nuestras buenas obras. A lo cual nuestros padres luteranos respondieron, “La vida eterna es una recompensa. . . no por causa de nuestros méritos sino por causa de la promesa” (Apología de la Confesión de Augsburgo). Dios la debe porque el prometió darla en Cristo, y él no se retractará. Es una recompensa de gracia, sin ningún mérito o dignidad míos.

Pablo completa su oración con sus palabras finales. La recompensa no es solo para Pablo, “sino también a todos los que aman su venida.” Aquí Pablo reúne a todos los creyentes junto con él. Su oración es una oración de todo creyente contado como justo por la sangre de Jesús.

Theodore Hartwig, es profesor emérito de la Universidad Martín Lutero, en la ciudad de New Ulm, en el estado de Minnesota. Es miembro de la iglesia San Juan, en esta ciudad.

© Forward in Christ. Todos los derechos reservados. Reimpreso con permiso.

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