—Salmo 32:1, 3, 5

Dichoso aquel
a quien se le perdonan sus transgresiones,
a quien se le borran sus pecados. […]
Mientras guardé silencio,
mis huesos se fueron consumiendo
por mi gemir de todo el día. […]
Pero te confesé mi pecado,
y no te oculté mi maldad.
Me dije: «Voy a confesar mis transgresiones al Señor»,
y tú perdonaste mi maldad y mi pecado.