(Lectura de la Biblia en tres años: 2 Reyes 17:1–23, Juan 11:45–49)

LA PROFECÍA DE CAIFÁS

Uno de ellos, llamado Caifás, que ese año era el sumo sacerdote, les dijo:
—¡Ustedes no saben nada en absoluto! No entienden que les conviene más que muera un solo hombre por el pueblo, y no que perezca toda la nación.

—Juan 11:49–50

Después de la resurrección de Lázaro, los líderes del judaísmo se asustaron mucho porque el número de seguidores de Cristo se había incrementado mucho. Por eso, los fariseos y saduceos convocaron una reunión del Sanedrín para dar una solución definitiva contra Cristo. Caifás, velando por sus propios intereses, propuso la muerte de Cristo. Sin embargo, el apóstol Juan nos dice que Caifás no dijo sus palabras «por su propia cuenta sino que, como era sumo sacerdote ese año, profetizó que Jesús moriría por la nación judía, y no sólo por esa nación sino también por los hijos de Dios que estaban dispersos, para congregarlos y unificarlos.» (Juan 11:51–52). ¿Cómo pudo un malvado dar una profecía correcta?

Dios nunca puede ser tomado por sorpresa pues todo está bajo su absoluto control: «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman» (Romanos 8:28). Así como el Señor usó al malvado profeta Balaam para dar una profecía verdadera (2 Pedro 2:1,15; Números 23:5; 24:11-–17), del mismo modo Dios usó las palabras de Caifás para dar a conocer el valor de la muerte de Cristo: «profetizó que Jesús moriría por la nación judía, y no sólo por esa nación sino también por los hijos de Dios que estaban dispersos, para congregarlos y unificarlos». Pero que Caifás haya dado una profecía verdadera no significa que él haya sido un verdadero siervo de Dios. El Señor advirtió que muchos profetizarían y harían miagros en el nombre de Jesús, pretendiendo ser siervos de Cristo. Pero que Él los desenmascarará en el juicio final (Mateo 7:21–23). Como Caifás, los falsos profetas y maestros predican la palabra de Dios para conseguir sus propias ambiciones personales (Filipenses 1:15–18) Ese es un pecado contra el mandamiento que prohíbe dar mal uso al nombre de Dios. Quienes predicamos sinceramente para dar a conocer la verdad tampoco lo hacemos perfectamente como lo exige Dios (Mateo 5:48) Por este pecado merecemos toda la ira de Dios. Pero gracias a que: Cristo sí predicó perfectamente, y que lo hizo como nuestro sustituto. Y, también, gracias a que él padeció por nosotros el castigo que merecemos, Dios nos perdona y declara justos. En gratitud vamos a querer predicar con verdad y ser celosos guardianes del mensaje de Dios.

Oración:

Señor, confieso que soy un siervo inútil pues hice solo lo que tenía que hacer y, además, lo hice imperfectamente. Sé que por eso merezco toda tu ira. Pero Cristo pago por mis culpas e hizo el mérito suficiente para que yo pueda recibir tus recompensas de gracia. Te suplico me concedas un corazón agradecido que aprecie tu gran bondad y, en gratitud haga uso correcto de tu nombre. Amén.

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