HE PECADO, NO MEREZCO SER TU HIJO

«Papá, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco que se me llame tu hijo.»

– Lucas 15:21

A mis 16 años la academia de automovilismo me otorgó el Diploma de honor por ser alumno esmerado. Contenta por los logros, una tía mía me invitó a conducir un Volkswagen. En el trayecto las luces de un vehículo grande me encandilaron, e instintivamente me apegué a la derecha de la vía, pero lo hice más de lo debido y dañé la pintura del vehículo. La vergüenza de haber fallado duró mucho tiempo.

Siendo hijos de Dios, que disfrutan de los muchos beneficios de la vida espiritual, olvidamos que también somos pecadores hijos de Adán y que podemos fallar. Fallamos a la voluntad de Dios cada vez que pecamos. San Pedro creía que él era muy fiel a Cristo, pero cuando negó tres veces al Señor comprobó lo contrario. Pedro quedó tan avergonzado que no se atrevía a asegurar ninguna cosa más.

El hijo pródigo, al reconocer su falta, admitió que no era digno ser llamado hijo de su padre. ¿Cuál es nuestro caso? ¿Hemos fallado al Señor pecando? Es posible que pensemos que no. Al fin y al cabo, vamos a la iglesia, damos nuestra ofrenda, oramos, leemos la Biblia y creemos en Dios. Pero, ¿Lo hicimos perfectamente, como lo manda el Señor en Mateo 5:24? Dios exige perfección y ninguno la ha alcanzado. A causa de nuestra naturaleza pecadora aun las obras buenas que hacemos son desagradables ante el Señor (Isaías 64:6). La Biblia dice: «Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad» (1 Juan 1:8). Sí, aunque somos hijos de Dios, tenemos una naturaleza pecadora y pecamos incluso sin darnos cuenta (1 Juan 2:1).

¿Qué podemos hacer para solucionar este problema? No necesitamos hacer nada, pues todo lo que había que hacer lo hizo Jesucristo en lugar de nosotros. Él obedeció perfectamente la voluntad de Dios en sustitución nuestra y, con su padecimiento en la cruz pagó el castigo por nuestro pecado (Romanos 5:19; Isaías 53:6). Por los méritos de su Hijo, Dios nos declara justos. No solo eso, Cristo mismo es nuestro defensor pues, «si alguno peca, tenemos ante el Padre a un intercesor, a Jesucristo, el Justo» (1 Juan 2.1).

«Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, aferrémonos a la fe que profesamos. Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos» (Hebreos 4:14-16).

Oración:

Señor Jesús, te doy gracias por interceder ante Dios, nuestro Padre, a favor de mí, que soy un pecador. Amén.