JESUCRISTO, JUSTICIA NUESTRA

También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, para anular lo que es, a fin de que en su presencia nadie pueda jactarse. Pero gracias a él ustedes están unidos a Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho nuestra sabiduría —es decir, nuestra justificación, santificación y redención—para que, como está escrito: «Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe en el Señor.»

– 1 Corintios 1:28-31

Padezco de exceso de glóbulos rojos resultando en mala circulación sanguínea. Los remedios médicos me causaban molestos efectos secundarios. Uno de ellos, llamado «tinitus», se manifiesta como un insoportable ruido que solo existe en el cerebro. Consumir muchos dientes de ajo me ayuda a sobrellevar mejor mi enfermedad, pero incomoda a los demás. Yo no percibo el olor del ajo que despide mi organismo, pero los demás sí. En una ocasión la cardióloga se enojó conmigo debido al olor del ajo. Algo similar sucede en el mundo espiritual. Un elemento principal de nuestra naturaleza pecadora es el llamado «opinio legis», es decir, la opinión que todos tenemos de que «el hombre tiene que salvarse a sí mismo por las buenas obras» porque puede hacerlo. Opinamos que no somos tan malos como otros. Pero Dios nos dice que, delante de él, ninguno califica como bueno (Romanos 3:10-12). Cuanto más buenos opinamos que somos, más repugnantes resultamos para Dios; pues está escrito: «Todos somos como gente impura; todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia» (Isaías 64:6).

De esta nuestra condición pecaminosa nos rescató el Padre. «Él nos libró del dominio de la oscuridad y nos trasladó al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención, el perdón de pecados» (Colosenses 1:13-14). ¿Cómo lo hizo? Mediante la doble sustitución. Jesucristo vino al mundo, no para ser nuestro ejemplo, sino para ser nuestro sustituto. Él obedeció perfectamente la voluntad de Dios para que esa justicia suya nos sea atribuida a nuestra cuenta. Además, sufrió el tormento que nos correspondía por nuestro pecado al punto de padecer el rechazo del Padre (Mateo 27:46). Jeremías profetizó la obra de Jesucristo cuando escribió: «He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra» (Jeremías 23:5-6). Esto es verdad. Somos justos por la gracia de Dios, pero esa justicia no la obramos nosotros, es una justicia ajena, es la justicia de Cristo que nos ha sido imputada, atribuida a favor nuestro.

Oración:

Señor Jesucristo, Justicia nuestra: por medio de tu evangelio, de tu santo cuerpo y de tu preciosísima sangre derramada por mí, guárdame en la verdadera fe para la vida eterna. Amén.