LA ÚNICA PALABRA DE VIDA ETERNA

Esta vida se manifestó. Nosotros la hemos visto y damos testimonio de ella, y les anunciamos a ustedes la vida eterna que estaba con el Padre y que se nos ha manifestado. 1 Juan 1:2

Una antigua leyenda dice que, a la media noche de la víspera de Navidad, todos los animales se detienen dondequiera que estén y se arrodillan. De esa manera honran al Hijo de Dios, que una vez usó su pesebre como cuna. Nosotros también nos detenemos para arrodillarnos en esta santa estación. Pero, ¿siempre recordamos por qué?

Juan responde: me arrodillo porque en ese pesebre yace el eterno Dios; me recuerda que él “estaba con el Padre”. En el comienzo del mundo, cuando comenzó el tiempo, Cristo ya era; al final del mundo, cuando se detenga el tiempo, él seguirá siendo. Él es verdadero Dios desde la eternidad, cara a cara, en una íntima e inexplicable relación con Dios el Padre. Entonces, en la plenitud de los tiempos, el Eterno se hizo carne en el vientre de María y habitó en medio de los humanos como “la vida eterna”. Jesucristo es la vida misma y les da vida eterna a otros. Él es el Hijo eterno de Dios, que fue enviado por el amor de Dios a un mundo pecador, “para que vivamos por medio de él” (1 Juan 4:9).

A veces quisiera poder ver a Jesús como lo vio Juan. Y después recuerdo que lo que cuenta no es la cercanía física sino la cercanía espiritual a Jesús. El Espíritu Santo me da, por medio de la Palabra, los ojos para ver y el corazón para creer en la Palabra de Vida encarnada. Con el regalo de la fe, veo en el pesebre al Dios eterno que vino a traerme vida eterna. Es por eso que me arrodillo delante de él.

Oración:

Señor, te doy gracias por los ojos de la fe; te pido que me ayudes a arrodillarme en humilde admiración, delante de tu regalo de vida. Amén.