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“¡Bendice, alma mía, al Señor! ¡Bendiga todo mi ser su santo nombre! ¡Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguna de sus bendiciones! El Señor perdona todas tus maldades, y sana todas tus dolencias. El Señor te rescata de la muerte, y te colma de favores y de su misericordia. El Señor te sacia con los mejores alimentos para que renueves tus fuerzas, como el águila” (Salmo 103:1-5).

¡De boca y corazón load al Dios del cielo!

Por más de tres siglos, las iglesias protestantes de Europa y de Estados Unidos han resonado con la conmovedora melodía del gran himno de acción de gracias de Martin Rinkart: “De boca y corazón load al Dios del cielo” (CC 193:1). Tomaremos estas palabras como guía en las meditaciones para el Día de Acción de Gracias.

El salmo de acción de gracias citado antes nos lleva a comprender el significado de la verdadera gratitud. El salmista no sugiere que la verdadera alabanza se trate de simples frases impresionantes y palabras elegantes. Más bien dice: “¡Bendice, alma mía, al Señor! ¡Bendiga todo mi ser su santo nombre! ¡Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguna de sus bendiciones!”. Con nuestro corazón loemos a nuestro Dios, porque en nuestro corazón sabemos que todas sus bendiciones incluyen más que paz y prosperidad, salud y felicidad exteriores.

El salmista coloca esta bendición a la cabeza de su lista con las palabras: “El Señor perdona todas tus maldades”.

Que nuestras acciones de gracias estén al principio. Recordemos, y no olvidemos, esta bondad asombrosa de Dios. Por amor a Jesús, él ha perdonado todos nuestros pecados; nos considera y nos trata como sus hijos; diariamente nos restablece; nos dirige al cielo. Por este solo beneficio, tenemos motivos para estar siempre agradecidos.

Cuando repasamos la lista de bendiciones para el cuerpo, vemos más evidencia de la bondad inmerecida. Nuestra gratitud no depende de lo mucho o lo poco que Dios ha elegido darnos durante el último año. Aunque sea poco, como usualmente considera la gente, para nosotros todavía es mucho; todavía es evidencia de la gracia de Dios. Incluso si quedamos en la pobreza, todavía podemos decir con Job: “El Señor me dio, y el Señor me quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!” (Job 1:21).

Con todo nuestro corazón, demos gracias a Dios, quien ha perdonado todas nuestras iniquidades. Entonces, añadiremos nuestra gratitud por todos los otros dones con los cuales Dios ha coronado nuestros días en la tierra.

 

Señor Dios, enséñanos la verdadera gratitud por tu don mayor: el perdón en Cristo, y danos gracia para que de boca y corazón te demos loor por todos las bendiciones del cuerpo. Amén.

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