TitleFiveLargeSizeREVISED

“Confía en el Señor de todo corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus sendas. No seas sabio en tu propia opinión; teme al Señor y apártate del mal. Él será la medicina de tu cuerpo; ¡infundirá alivio a tus huesos! Honra al Señor con tus bienes y con las primicias de tus cosechas. Tus graneros se saturarán de trigo, y tus lagares rebosarán de vino” (Proverbios 3:5-10).

¡De boca y corazón load al Dios del cielo —y también con nuestras manos!

La gratitud por las bendiciones de Dios nunca se pueden expresar con simples palabras. Las palabras conmovedoras “De boca y corazón load al Dios del cielo” las puede cantar animadamente hasta un hipócrita. Las palabras inspiradas del Salmo 103:1: “¡Bendice, alma mía, al Señor! ¡Bendiga todo mi ser su santo nombre!”, pueden sonar sinceras aun cuando se hablen con un corazón incrédulo y desagradecido. El verdadero agradecimiento es una actitud del corazón, no una simple expresión con los labios. Es una actitud que el creyente tiene. La fe ve a Dios como el dador de la vida eterna. Entonces, también ve a Dios como el dador de todas las cosas.

Con esta actitud hacia Dios en nuestro corazón, es completamente natural que expresemos nuestro agradecimiento a Dios también con nuestras manos. “Honra al Señor con tus bienes”. Tal es nuestro deseo. Queremos honrar al “Padre de las luces”, de quien hemos recibido “toda buena dádiva y todo don perfecto” (Santiago 1:17). Queremos honrar al Hijo, a quien cantamos: “Es digno solo Él de gloria sin igual, pues con su sangre nos abrió precioso manantial” (CC 82:2). Queremos honrar al Espíritu Santo, que nos ha enseñado a conocer al Padre y al Hijo.

Deseamos honrar a nuestro Dios “con las primicias de [nuestras] cosechas”, es decir, con lo primero y lo mejor de todo lo que Dios ha puesto en nuestras manos. Si notamos que nuestro viejo Adán quiere que seamos mezquinos con nuestras ofrendas, reprendámoslo, diciendo: “¿Debo darle a mi Dios tan poquito? No, me esforzaré por ofrecerle dones más generosos para honrar al Dios de mi salvación”.

Si este es el espíritu de nuestro corazón, también escucharemos estas amonestaciones en cuanto al uso de nuestros bienes terrenales: “No seas sabio en tu propia opinión” y “no te apoyes en tu propia prudencia”. Con humildad reconoceremos que tenemos algo únicamente porque Dios ha bendecido nuestro trabajo. Nos abstendremos de la presunción de los malvados y de las personas impías, de decir: “Todo lo que tengo se debe a tanto esfuerzo y al uso de mi cabeza. Me tengo que agradecer a mí mismo, y a nadie más. Haré con ello lo que me dé la gana”. Más bien, al hacer inventario de nuestras bendiciones, con el mayor gusto demos la gloria a Dios y de todo corazón esforcémonos para ser mejores administradores de sus dones.

 

Padre celestial, concédenos que con nuestras manos podamos agradecerte tantas bendiciones y que nuestros donativos puedan honrarte verdaderamente. Amén.

Comentarios

Comentarios