DIOS HIERE Y SANA

Ved ahora que yo, yo soy, y no hay dioses conmigo; yo hago morir y yo hago vivir, yo hiero y yo sano, y no hay quien pueda librarse de mis manos.

– Deuteronomio 32:39 (RVR1995)

¿Ama Dios tanto que hace la vista gorda? Muchas veces tenemos una idea equivocada de cómo es Dios y cómo es su gracia. Dios no nos ama de manera que tenga que cerrar los ojos o hacerse el que tiene vista corta para poder dejar pasar la falta. Por el contrario, él nunca esconde la gravedad de la rebelión y desobediencia humana. Dios, en su santidad, odia el pecado y también odia al transgresor. Por esto la única sentencia para el pecador es el castigo eterno. Sin embargo, Dios es misericordioso. Por su misericordia él salva al pecador pagando él mismo el castigo eterno que nosotros merecemos.

Nacemos pecadores (Salmo 51:5) y como tales merecemos toda la ira de Dios. La ira de Dios es eterna y por esto cualquiera que quiera pagar por sí mismo tendrá que sufrir esa ira eternamente. Jesucristo sufrió esa ira eterna cuando colgado de la cruz del calvario exclamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46). Cuando escuchamos las palabras de Dios que exigen santidad en nosotros quedamos golpeados y heridos por esa palabra pues nos condena como pecadores. Cuando Dios dice «sean santos» quedamos bajo su ira porque no somos santos. Desesperados ante la sentencia justa solo podemos decir «lo merezco»; así experimentamos el morir causado por la sentencia justa de Dios. Sin embargo, Dios nos dice: «Tu deuda fue pagada por mi santo Hijo» y en esas palabras Dios nos da vida.

Las palabras demandantes de la ley de Dios nos muestran, como con un espejo, cuál es nuestra condición delante de Dios. Las palabras condenatorias de la ley de Dios nos sentencian a nuestro merecido destino. La ley de Dios, que manda y condena al que no obedece lo que manda, es la forma cómo Dios nos hiere y nos hace morir. Pero el evangelio (o buena noticia) de Jesucristo es la palabra creadora de vida que resucita de nuestra muerte espiritual sanando la herida y dándonos abundante vida. Dios es severo con quien está cómodo con su condición de pecador y es bondadoso para quienes se encuentran angustiados por su propia culpa.

Así que, en Jesucristo, Dios nos sana y nos hace vivir de verdad.

Oración:

Señor, mis sentimientos no son una base confiable para mi fe, ya que los sentimientos pueden engañar. Hay momentos en mi vida en los que siento que no soy perdonado. No obstante, tú no mientes, tu promesa de Dios no puede engañar. Unifica mi corazón y concédeme confiar solo en tu palabra. Amén.

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