(Lectura de la Biblia en tres años: Éxodo 28:19–43, Mateo 23:16–24)

SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR

Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos:
—Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.

—Lucas 11:1

De vez en cuando se escucha decir que Dios presta atención a todas las oraciones y que responde con un sí, o un no o con un espera. Pero la verdad es que el Señor mismo afirmó que hay oraciones a las que él no va aprestar atención. Dios es omnipotente, pero cuando dice que hay oraciones a las que no escucha quiere decir que no les prestará atención. Los discípulos de Jesús notaron que él oraba continuamente y sus oraciones tenían respuesta. Por eso le pidieron que les enseñe a orar. Ellos sabían orar, pero lo que querían era aprender a orar eficazmente, en otras palabras ¿Qué podemos hacer para qué nuestras oraciones sean escuchadas?

Jesucristo responde enseñando cómo orar y qué pedir en una oración eficaz. Lo hace, en primer lugar, identificando quiénes son los que pueden elevar oraciones eficaces, es decir, sólo los que tienen derecho de llamar a Dios padre. Aunque los fariseos afirmaban ser hijos de Dios, solo los que han nacido de nuevo, gracias a los méritos de Jesucristo, pueden llamar a Dios padre. Por este mismo motivo, Jesucristo garantiza que las oraciones hechas en su nombre serán escuchadas. Los discípulos aprendieron también que Dios no está comprometido a conceder nada, excepto aquello que está dentro de su voluntad. Por esto mismo Jesús enseñó a pedir que la voluntad de Dios sea una petición prioritaria. Puesto que los cristianos todavía tenemos el viejo Adán que se rebela contra la voluntad divina, también son prioritarias las peticiones de perdón de pecados y la del socorro divino frente a la tentación y a la acción del mal. El hecho de que Jesús mencione el alimento como una petición diaria indica que también las otras peticiones son de carácter cotidiano. Pedir diariamente lo que Dios mismo ha prometido darnos no es insulso ni molestoso ante el Señor. Puesto que la oración es un acto de adoración que expresamos delante del Señor, en la confianza de que es él quien nos suministra todo lo necesario, es correcto honrar así su nombre. Pero aunque somos creyentes nuestras oraciones son imperfectas y pecaminosas. La oración pecaminosa es hacer mal uso del nombre de Dios. Por eso merecemos toda la ira de Dios. Cuando Jesucristo vino, él oró perfectamente en lugar nuestro y el castigo que merecemos lo recibió en la cruz por nosotros. Po esos sus méritos nuestras oraciones son recibidas en el cielo como perfectas. En gratitud vamos a querer orar cotidianamente confiado en los méritos del Salvador.

Oración:

Señor, por mi pecado mis oraciones no te son gratas. Gracias por que por los méritos de tu Hijo me has perdonado y por sus méritos prestas atención a nuestra oración. Amén.

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