(Lectura de la Biblia en tres años: Números 21:21–35, Marcos 11:1–11)

LA MULTITUD TOMADA DE TODAS LAS NACIONES

Después de esto miré, y apareció una multitud tomada de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas; era tan grande que nadie podía contarla. Estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con ramas de palma en la mano […] son los que están saliendo de la gran tribulación; han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero.

—Apocalipsis 7:9, 14

¿Ha tenido usted, este año, un mal día? Son pocos aquellos a quienes en la vida siempre les va bien. Los demás tenemos que enfrentar diversas enfermedades, accidentes, frustraciones, dolores e injusticias. No todo el mundo busca tratar con amabilidad y respeto a su semejante. Por el contrario, existe mucho egoísmo y falta de sensibilidad. Tal como lo profetizó el apóstol Pablo, «en los últimos días vendrán tiempos difíciles». (2 Timoteo 3:1–4). ¿Cómo enfrentar esta realidad?

A todos nos toca experimentar las consecuencias de vivir en un mundo caído. Sin embargo, los creyentes estamos a expuestos, además, a padecer el sufrimiento que resulta de ser seguidores de Cristo. Como lo dice la Biblia: «serán perseguidos todos los que quieran llevar una vida piadosa en Cristo Jesús» (2 Timoteo 3:12). Satanás nos atacará cada vez que, en gratitud a la salvación gratuita, queramos vivir piadosamente. ¿Cómo enfrentarlo? Pedro nos responde: «Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado» (1 Pedro 4:1). Cristo sufrió el castigo que merecemos por nuestro pecado. En gratitud vamos a querer armarnos de la disposición a padecer. La disposición a padecer es un arma eficaz contra el enemigo. Sin embargo, hay otra manera efectiva de enfrentar las pruebas: «Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz.» (Hebreos 12:2). Poner la mirada en Cristo incluye fijar la atención en sus promesas, reconociendo que todo cuanto nos acontece, él lo permite para nuestro bien. El Señor promete a los que lavan sus vestidos en la sangre del Cordero que en el cielo ya no sufrirán más ningún daño pues tendrán gozo eterno.

Oración:

Señor, te suplico me afirmes en la verdadera fe por el poder de tu evangelio, presente en tus medios de gracia, de modo que yo no busque tanto ser consolado, como consolar; Ser comprendido, como comprender; Ser amado, como amar. Porque, sólo por tus méritos es que: Dando, recibimos; perdonando, somos perdonados; y muriendo, somos resucitados a la Vida Eterna. Amén.

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