AMOR POR LA FAMILIA CONFESIONAL

El que recibe instrucción en la palabra de Dios, comparta todo lo bueno con quien le enseña.

No se engañen: de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra. El que siembra para agradar a su naturaleza pecaminosa, de esa misma naturaleza cosechará destrucción; el que siembra para agradar al Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos. Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe.

– Gálatas 6:6-10

Los tiempos actuales destacan por su énfasis en la defensa y protección de diversas causas. Existen programas y proyectos destinados a salvaguardar la naturaleza, los animales, el medioambiente, diversos grupos humanos, etcétera. Se procura rescatar, proteger y conservar aquello que es considerado valioso para la humanidad. En cuanto a lo espiritual, ¿Qué es lo valioso que requiera nuestra activa participación para ser protegido y conservado?

Una de las cosas de gran valor que la Biblia nos llama a proteger es la doctrina que hemos recibido de los apóstoles (Judas 3; Romanos 16:17-18). Todos quienes creen esa doctrina son nuestros hermanos en la fe, es decir, son nuestra familia confesional. El texto de la meditación de hoy nos exhorta a compartir todo lo bueno (es decir, aquello con lo que Dios nos ha bendecido) con quienes nos instruyen en esa doctrina pura. El apóstol San Pablo nos recuerda que el hacerlo tiene su recompensa de gracia y nos anima a hacer tal bien a toda persona, pero especialmente a quienes son nuestra familia de la fe.

En la iglesia hay personas que han dedicado su vida a servir impartiendo educación bíblica ya sea como maestros, misioneros, pastores, supervisores o como obreros. El texto de hoy nos invita a compartir con ellos todo lo bueno. Eso incluye compartirle lo necesario para su subsistencia y también el tratarlos con respeto, aprecio y afecto. Hemos fallado cuando no lo hacemos. También cuando sí lo hicimos, pero fallamos en hacerlo perfectamente, como Dios lo exige. Por esto merecemos toda la ira de Dios. El Señor Jesucristo hizo todo lo necesario para salvarnos de la condenación eterna cuando hizo el bien perfectamente en lugar de nosotros y cuando soportó en la cruz el castigo que merecíamos. En gratitud vamos a querer compartir todo lo bueno con nuestra familia confesional, especialmente con quienes nos enseñan.

Oración:

Señor, concédeme temerte y amarte, de tal manera que en gratitud a tu amor comparta todo lo bueno con la familia confesional. Amén.

Meditaciones son presentadas por Publicaciones Multilingües-WELS y www.CristoPalabraDeVida.com.

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