“La paz les dejo, mi paz les doy; yo no la doy como el mundo la da. No dejen que su corazón se turbe y tenga miedo. Ya me han oído decir que me voy, pero que vuelvo a ustedes. Si ustedes me amaran, se habrían regocijado de que voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Y les he dicho esto ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, ustedes crean” (Juan 14:27-29)
JESÚS NOS DA LA PAZ
Martín Lutero encontró gran consuelo en esas palabras de la Sagrada Escritura. Lutero supo que no merecía la vida eterna del Dios santo. Por lo tanto, cuando el Salvador anunció: “La paz les dejo, mi paz les doy”, esas palabras llenaron de alegría el corazón de Lutero.
Mucha gente hoy en día, desafortunadamente, no comparte la actitud de Lutero hacia el pecado. En lo que respecta al mundo, el pecado es solo una enfermedad o una debilidad en el alma humana. Debido a que el mundo no ve el pecado como un problema real, el mundo no aprecia el anuncio de la paz verdadera del Salvador. A no ser que primero aprendamos a confesar: “Dios todopoderoso, Creador y Redentor nuestro, confesamos que somos por naturaleza pecadores e impuros y que hemos pecado contra Ti en pensamiento, palabra y obra”, las palabras del Salvador no significan nada para nosotros.
Pero después de que la ley de Dios nos ha mostrado lo pobre y desdichados que somos, y lo necesitados que realmente estamos, las palabras de consuelo del Salvador traen gran alegría a nuestro corazón. “La paz les dejo, mi paz les doy… No dejen que su corazón se turbe y tenga miedo”. Su paz no es otra clase de paz pasajera como la que ofrece el mundo. Esta es una paz entre Dios y nosotros. Es una paz permanente, la paz de saber que Dios nos dará cada bendición por amor a Jesús. Es la paz que reposó en los discípulos una vez que se dieron cuenta de que Jesús había resucitado de la tumba. Es la paz que el Espíritu Santo, el Consolador, les trajo y todavía nos trae en el evangelio.
Esta paz, la cual es nuestra en Cristo, es la causa de alegría interminable. Jesús ahora ha regresado al trono de la majestad de su Padre en lo alto. Jesús se humilló, incluso hasta el punto de sufrir una muerte vergonzosa en la cruz. Y todo lo hizo por nosotros. Pero ahora Jesús, habiendo completado su obra aquí en la tierra, está sentado en la gloria a la diestra del Padre. ¡Desde su posición exaltada en el cielo, Jesús nos sigue asegurando: ¡“Mi paz les doy”! Y nos la ofrece a nosotros una y otra vez por medio de su palabra y sacramento.
La paz de este mundo puede ser muy atractiva, pero es también muy pasajera. La paz que ofrece Jesús, por otra parte, aunque parezca mucho menos atractiva, hasta irrelevante, ante los ojos de los hombres, es real y eterna.
Oración:
¡Concédenos tu paz, oh Señor! Amén.
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