EL ALTO PRECIO FUE PAGADO COMPLETAMENTE

Cuando Dios los salvó, en realidad los compró, y el precio que pagó por ustedes fue muy alto.

– 1 Corintios 6:20 (Biblia Traducción en Lenguaje Actual)

¿Cuál es el precio más alto que se ha pagado? No son los 2 millones de dólares que valen los calzados del actor Nick Cannon fabricados con oro blanco y 14 mil diamantes. Tampoco los 16.5 millones de dólares que cuesta el iPhone 5 edición diamante negro. Ni siquiera los 52 millones que vale el automóvil Ferrari 250 GTO Racer, ganador del Tour de Francia. Ningún importe supera el precio que Dios pagó por nuestra salvación.

La palabra griega «timé» que, en este versículo, la gran mayoría de las traducciones de la Biblia al español han vertido «precio», también significa algo de mucho valor, gloria y honra, es decir, algo muy estimado, muy precioso. Según la Biblia, los seres humanos nacimos esclavos vendidos al pecado, el amo del pecador perdido (Romanos 6:20; 7:15). Para rescatarnos de las garras del pecado, el Señor pagó el más alto precio jamás pagado: la vida justa y preciosa de Jesucristo, el Hijo de Dios. En manos del pecado no valíamos nada y éramos como basura inmunda destinada a ser incinerada en el muladar. Debido a la enormidad de nuestro pecado la deuda que teníamos era impagable, como está escrito, «Nadie puede salvar a nadie, ni pagarle a Dios rescate por la vida. Tal rescate es muy costoso; ningún pago es suficiente» (Salmo 49:7-8). Sólo la preciosa vida de Cristo pudo pagar el precio de nuestro rescate. Sólo él puede cubrir el costo de nuestra redención (1 Pedro 1:18).

Ahora, por los méritos de Cristo, Dios nos ve, en su Hijo, preciosos y valiosos. Nuestros cuerpos ya no son para servir de instrumentos del pecado. Por el contrario, ahora son templos consagrados al Señor, como está escrito: «¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados por un precio. Por tanto, honren con su cuerpo a Dios» (1 Corintios 6:19-20). Pero Dios no solo es dueño de nuestro cuerpo sino de todo nuestro ser y él quiere que le honremos y seamos santos con todo nuestro ser (1 Tesalonicenses 5:23).

Lastimosamente no he sido fiel en honrar al Señor consagrando mi cuerpo y espíritu a la santidad. Por esto merezco toda la ira de Dios y el castigo eterno. Doy gracias a Dios porque Jesucristo fue perfectamente santo en lugar de mí y padeció el castigo de la ira eterna de Dios por mí, comprándome por este precio tan alto.

Oración:

Dios misericordioso, en gratitud quiero vivir santamente y honrarte con mi cuerpo. Te suplico que me lo concedas por los méritos de tu Hijo Jesucristo, mi Señor. Amén.