PRIMERO LA CRUZ, DESPUÉS LA CORONA

Como discípulos de Jesús atesoramos sus promesas, soportamos las cruces, y esperamos la corona de gloria.

En estas últimas semanas de la estación de la Pascua, sus palabras de consuelo han aliviado nuestros corazones atribulados. Nuevamente hemos escuchado su encargo de ser sus testigos para llevar el Evangelio hasta los fines de la tierra. Como sus devotos seguidores celebramos confiadamente la Ascensión de nuestro Señor con estas preciosas promesas resonando en nuestros corazones y mentes. Él ha ascendido y está sentado a la derecha de su Padre, y promete cuidarnos mientras que permanecemos aquí en la tierra. Él regresará para llevarnos a casa. Atesoramos la promesa del hogar eterno con muchas moradas que él ha preparado antes de nuestra llegada.

LOS DISCÍPULOS ESPERAMOS NUESTRO HOGAR CELESTIAL

Pero ser un discípulo de Jesús no siempre es tan fácil. Siempre estamos tentados a confiar en las cosas que podemos ver y tocar en lugar de esperar el hogar celestial eterno del cual solo podemos soñar en este momento. Luchar por riqueza, prestigio, y glorias de esta vida solo darán un hogar temporal.

Ansiosamente escuchamos historias de mansiones enormes, familias ricas, modales amables, y ejercicio del poder. Considere una de las más grandes y costosas casas de Minneapolis en EEUU. Una mansión construida en 1913 de estilo italiano del Renacimiento para el desdichado hijo del legendario hombre de negocios John W. “Apuesta un millón” Gates. John W. Gates hizo su fortuna en alambre de púas, ferrocarriles, y petróleo. Él fue llamado “Apuesta un millón” Gates después de apostar un millón de dólares en una carrera de caballos en Inglaterra en el año 1900.

Charles, el hijo de John, parecía haber heredado la naturaleza extravagante de su padre. Después de casarse con la conocida Florence Hopwood de Minneapolis, Charles Gates anunció su plan de construir una “casa de campo” con vista al Lago de las Islas. La así llamada “casa de campo” tenía una extensión de aproximadamente 3.500 metros cuadrados. Para poner eso en perspectiva: la casa promedio en Estados Unidos en ese tiempo tenía alrededor de 75 metros cuadrados. La casa que Charles planeó fue un palacio de piedra equipado con lo mejor de todo que el dinero puede comprar: múltiples escalaras de mármol, ascensores, accesorios dorados, techos de piedra en forma de bóvedas, y lo que es considerada haber sido la primera casa de la nación con aire acondicionado. El costo estimado era de millones de dólares.

Tristemente, para el millonario Charles Gates, el dinero no pudo comprarle un apéndice confiable. Con su “casa de campo” en el Lago de las Islas todavía por completarse, murió durante una apendectomía; tenía 37 años. Aunque el proyecto de construcción no le costó su vida, ¿alguna vez se le cruzó por su mente que él no viviría para ver la casa terminada o si viviría para ver el día siguiente?

El ejemplo puede ser un poco extremo, pero las palabras de Jesús nos animan para aferrarnos a sus promesas y no sustituirla por la riqueza de este mundo: “No acumulen ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido corroen, y donde los ladrones minan y hurtan. Por el contrario, acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido corroen, y donde los ladrones no minan ni hurtan” (Mateo 6:19,20). Los discípulos de Jesús necesitamos recordar esto.

EL COSTO DE SER SU DISCÍPULO

Jesús ascendió a sus mansiones celestiales y a su trono a la derecha de su Padre. Era claro para sus discípulos que su ascensión marcó el fin de su entrenamiento y el comienzo de su trabajo para el reino. Mientras que esperamos aquí, nuestro trabajo como discípulos para el reino continúa, y humanamente no es fácil. Este trabajo requerirá: esfuerzo, sufrimiento, y algunas veces persecución.

Este tiempo del año está marcado por confirmandos que hacen sus votos de fidelidad al Señor. Piense en el pasado cuando usted estuvo en frente de la congregación y manifestó su fidelidad a Cristo. ¿Cuántos de nosotros hemos hecho ese voto sin verdaderamente entender qué significa permanecer fiel? ¿Estaba tu propia mortalidad en tu mente al hacer su declaración de fidelidad a su Señor y Salvador aún si eso le pudiera costar la vida?

Para la mayoría de nosotros, el costo de ser discípulos está más allá de nuestros propios pensamientos. Algunos de nosotros vivimos en un mundo marcado por paz y estabilidad. Es casi como si queremos hacer esa extravagante declaración porque nunca esperamos tener que pagar ese costo; sufrir la muerte en lugar de apostatar de Jesús. ¿Pero si nos enfrentáramos con la realidad de una amenaza de vida, pensaríamos que el costo es muy grande?

La viuda de Charles Gates heredó una fortuna de $ 10 millones de dólares, haciéndola una de las mujeres más ricas en los Estados Unidos. Cuando la casa fue terminada en 1914, ella fue a vivir al palacio que su esposo había construido.  En 1916 ella se volvió a casar y se fue a vivir a Connecticut. Un médico de la ciudad vecina compró la casa, pero nunca vivió en ella. Él murió en 1929, y no hubo compradores para esa propiedad tan costosa. Se estimaba que el solo mantenimiento de la residencia era alrededor de $ 60.000 dólares por año. Con pocas posibilidades la extravagante “casa de campo” fue demolida en 1933, menos de 20 años después de haber sido construida, el costo fue muy grande.

¿Qué costo desea pagar usted por ser un discípulo de Jesús? Él dijo: “el que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo … cualquiera de ustedes que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:27-33).  Es muy alto el costo de ser discípulo. Casi nos hace desear abandonar en lugar de arriesgar hacer el ridículo, el fracaso, la batalla, la angustia, o la desilusión. Nos hace desear saltar adelante a lo que nos espera. Por eso clamamos: “Señor, danos ahora las mansiones del cielo; danos la corona. ¡Ya basta con este asunto de llevar la cruz! ¡No más!”.

Pero Jesús amorosamente y con conocimiento responde: “Mi querido hijo, primero la cruz, después la corona”. Y nadie sabe esto mejor que él. Fue en el primer Viernes Santo cuando todo el terrible del pecado, la muerte, y el demonio fue soltado por el propio Hijo, sin pecado, de Dios. Todo el peso y la carga de nuestra culpa fueron puestos sobre él y fue crucificado. Él amorosamente y con conocimiento pagó el costo más grande, su propia vida.

Primero la cruz … después la corona. Porque Dios mismo en carne humana fue entregado a la muerte, a ti y a mí se nos ha dado la corona de la vida. Jesús ha prometido la corona a todos los creyentes: “Tú sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10).  Esto es lo que nos espera a todos los discípulos de Cristo. Esto es lo que hace que el costo de ser discípulo no es nada comparado con lo que nos espera, cuando Jesús regrese para llevarnos a donde él está.

El costo de ser discípulo llega a ser la resolución ante el ridículo, fe a pesar del fracaso, valentía en medio de la batalla, integridad en el dolor del desamor, determinación en pleno proceso de desilusión, y audacia en este mundo para construir su reino. El apóstol Pablo llamó todas las cosas de este mundo basura en comparación con el conocimiento de “Cristo y el poder de su resurrección, y de participar de sus padecimientos, para llegar a ser semejante a él en su muerte” (Filipenses 3:10). Llevemos nuestra cruz con el pleno conocimiento de que recibiremos nuestra corona cuando nuestro Señor ascendido nos lleve a casa.

– Joel Gawrisch es pastor de la iglesia Cristo, en la ciudad North St. Paul, estado de Minnesota, EEUU.

© Forward in Christ. Todos los derechos reservados. Traducido y reimpreso con permiso.

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