(Lectura de la Biblia en tres años: Éxodo 4, Mateo 16:13–20)

LA DICHA DEL PERDÓN

Dichoso aquel
a quien se le perdonan sus transgresiones,
a quien se le borran sus pecados. […]
Mientras guardé silencio,
mis huesos se fueron consumiendo
por mi gemir de todo el día. […]
Pero te confesé mi pecado,
y no te oculté mi maldad.
Me dije: «Voy a confesar mis transgresiones al Señor»,
y tú perdonaste mi maldad y mi pecado.

—Salmo 32:1, 3, 5

A nadie le gusta admitir que ha fallado. Nacemos con la tendencia a pensar que somos muy buenos y que con el suficiente empeño no haremos las cosas mal. Esa es la confianza que Pedro tenía respecto de sí mismo antes de negar a Cristo. También era la misma confianza que David tuvo antes de pecar contra el Señor.

El rey David fue un gran ejemplo de fe y confianza en el Señor. Además mostró gran valentía cuando enfrentó a Goliat, el gigante. Sin embargo, siendo humano como cualquiera, tropezó y cayó en pecado. Mientras ocultó su pecado experimentó el efecto del autoengaño en su mismo cuerpo. Pero cuando lo confesó y recibió el perdón pudo expresar las palabras del texto que hoy meditamos. El salmo 32 es uno de los siete salmos llamados penitenciales. Tiene este nombre porque tratan del arrepentimiento (del latín, paenitentĭa). El apóstol Pablo citó este salmo en Romanos 4:6–8, para mostrar que la doctrina de la salvación era la misma tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento: que solo hay un solo camino para la salvación, el perdón mediante Cristo. David fue perdonado al confiar en los méritos de Cristo, y no por confiar en sus propios esfuerzos para mejorar su vida o para hacer reparación por sus pecados. La justificación o el perdón de los pecados significa que Dios, el Juez Justo, ha declarado que nuestros pecados son perdonados porque ya Cristo pagó por ellos. El perdón de los pecados no es algo que logremos haciendo algo, es un veredicto de Dios basado en la obra de Cristo. Pero aunque Cristo ya pagó por los pecados de todo el mundo y Dios ha declarado el perdón de los pecados para todos, sólo los que, por obra del Espíritu Santo, reconocen aterrorizados que merecen la condenación eterna con sincero arrepentimiento, reciben esta promesa que obra la fe que les permite beneficiarse de ello.

Oración:

Concédeme, Señor Jesucristo, el querer mantener mi mirada en ti y en tu obra redentora para mi salvación, de manera que en mí haya tal gratitud que me mueva a compartir el evangelio a los demás. Amén.

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