RUT, MUJER LEAL

Entonces Noemí le dijo a Rut: «¡Tu cuñada ya regresó a su pueblo y a su dios! ¡Vete con ella!»

Pero Rut le contestó: «No me pidas que te deje; ni me ruegues que te abandone. Adonde tú vayas iré, y donde tú vivas viviré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras moriré, y allí mismo seré enterrada. Que Dios me castigue si te abandono, pues nada podrá separarnos; ¡nada, ni siquiera la muerte!»

– Rut 1:15-17 (TLA)

«¡Te casas con tu esposo, no con su familia!» Escuché decir a una señora mayor que aconsejaba a otra más joven. ¿Realmente es así? Al parecer así es en muchos lugares. En América Latina todavía existen las familias extendidas donde las esposas vienen a ser hijas de los padres del esposo. Rut también pensó que su suegra, Noemí, era su responsabilidad hasta la muerte. ¿Cuántos pensamos así como Rut?

Cuando nos hacemos responsables por el bien de alguien con quien no nos unen los lazos de sangre estamos ante un caso de amistad genuina. Como está escrito: «Un amigo es siempre afectuoso, y en tiempos de angustia es como un hermano» (Proverbios 17:17, DHH). Dios quiere que nos portemos como amigos de nuestro prójimo, incluso si es enemigo nuestro, y nos manda amarlo como a nosotros mismos. Jesús dijo: «Si ustedes aman solamente a quienes los aman a ustedes, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los pecadores se portan así. Y si hacen bien solamente a quienes les hacen bien a ustedes, ¿qué tiene eso de extraordinario? También los pecadores se portan así» (Lucas 6:32, DHH).

No hemos sido amigos de nuestro prójimo ni nos hicimos amigos suyos con la perfección que Dios exige (Mateo 5:48). Hemos fallado en hacer la voluntad de Dios perfectamente y por eso somos merecedores de toda la ira de Dios en el infierno eterno. En su gracia, Cristo vino para ser nuestro doble sustituto y amó perfectamente en lugar de nosotros tanto al prójimo como al enemigo. También entregó su vida como pago por este nuestro pecado. En gratitud vamos a querer amar a nuestro prójimo y también a nuestro enemigo. Haciéndolos amigos nuestros, siendo amigos con ellos y llevándolos a Cristo.

Oración:

Redentor nuestro, te hiciste como nosotros para darnos salvación, perdonándonos el haber fallado en amar a la familia y al prójimo. En gratitud a tu amor redentor queremos amar a todos de manera que, sin temor, les hablemos de tu amor. Abre, te suplico, mis labios para poder hablar de ti con denuedo. Amén.

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