(Lectura de la Biblia en tres años: Levítico 11:1–24, Mateo 27:46–56)

CONFIANZA EN EL SEÑOR

Manténganse libres del amor al dinero, y conténtense con lo que tienen, porque Dios ha dicho: «Nunca te dejaré; jamás te abandonaré.»
Así que podemos decir con toda confianza: «El Señor es quien me ayuda; no temeré. ¿Qué me puede hacer un simple mortal?»

—Hebreos 13:5–65

En el pasado la religión tenía mucho poder, los reyes y poderosos no se atrevían a tomar decisiones sin consultar a sus dioses. Después fue la política la que tomó el control; las estrategias de gobierno y la diplomacia decidían el destino de las naciones. Con la llegada de la era industrial la nueva élite de poder la constituyeron los dueños de la riqueza mundial. Desde entonces la meta del ciudadano promedio fue la de poseer la mayor cantidad de riqueza posible. La política se subordinó al dinero. Incluso la religión optó por dejar de hablar del pecado para prometer prosperidad financiera. Así creció el amor al dinero.

Sin embargo, siempre ha existido el amor al dinero. Sin dinero, no parece posible hacer frente a las adversidades de la vida. Alguien dijo: «el dinero no te da la felicidad, es cierto, pero te da tranquilidad». Pero cualquier alivio que pueda provenir de haber confiado en las riquezas resulta demasiado costoso para el ser humano puesto que atenta contra el amor a Dios y el amor al prójimo. Por esto el capítulo 13 de Hebreos comienza exhortando: «Sigan amándose unos a otros fraternalmente». El amor al dinero convierte al prójimo en un rival contra quien competir buscando que no sea tan prospero materialmente como nosotros mismos. No son inusuales los comentarios que angustian al prójimo dándole a entender que debería haber escogido otro oficio o carrera que le rinda más dinero. Jesucristo enseñó: «Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas.» (Mateo 6:24) Sí, el amor al dinero y la confianza en el mismo es el pecado contra el primer mandamiento por el que merecemos toda la ira de Dios sin dejar de ser un pecado contra el mandato de amar al prójimo. Dios quiere que temamos, amemos y confiemos solamente en él. Pero a causa de nuestra naturaleza pecaminosa no podemos obedecerle perfectamente. Por la gracia de Dios, Jesucristo vino, para tras obedecer perfectamente en lugar de nosotros, atribuirnos gratuitamente su mérito; y para sufrir, por nosotros, el castigo que merecemos. En gratitud, vamos a querer temer, amar, y confiar solo en Dios sobre todas las cosas y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Oración:

Señor, te agradezco por salvarme por los méritos de tu Hijo. Te suplico que, por el poder del evangelio, me afirmes en la verdadera fe para que en fruto de arrepentimiento pueda temerte, amarte, y confiar en ti sobre todas las cosas. Amén.

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