(Lectura de la Biblia en tres años: Éxodo 29:21–46, Mateo 23:37–39)

LA PROFECÍA DE JESUCRISTO PARA JERUSALÉN

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como reúne la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, pero no quisiste! Pues bien, la casa de ustedes va a quedar abandonada. Y les advierto que ya no volverán a verme hasta que digan: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”

—Mateo 23:37–39

La última semana de su ministerio terrenal el señor Jesucristo pronunció esta profecía sobre la ciudad de Jerusalén. No le anunciaba bendiciones, sino desolación ¿Por qué?

Jerusalén fue la ciudad escogida de Dios para servir de residencia del santuario del Señor. También fue llamada para ser la ciudad del gran rey, el Mesías prometido. Por mucho tiempo fue la capital de los reyes del pueblo de Dios. Pero en lugar de honrar a Dios sus habitantes se entregaron a la idolatría. Con amor incondicional el Señor envió profetas para amonestar al pueblo pero ellos los rechazaron. También les envío a Su propio Hijo, el Mesías prometido. Pero ellos no quisieron prestar oídos y mucho menos arrepentirse de sus pecados. Jesucristo conocía que todo ese rechazo se materializaría finalmente en su crucifixión en unos pocos días más. Por eso anuncia el futuro de la ciudad. Seguidamente explicará que no solo la ciudad sino el mismo templo serían destruidos. La profecía de Jesús se cumplió el año 70 d.C. cuando el general Tito tomó la ciudad. Desde entonces Jerusalén quedó como una advertencia de las consecuencias de la falta de arrepentimiento y del rechazo al Salvador.

Aunque la ira de Dios se derramó sobre Jerusalén cuando se cumplió la profecía de Cristo, hubo otro momento en el cuál la ira de Dios fue derramada en mayor magnitud. Fue cuando el rey de los judíos fue crucificado cargando sobre sí el pecado de toda la humanidad. Allí Jesucristo sufrió en lugar nuestro toda la ira de Dios inclusive en lugar de quienes exigían su crucifixión. «Él es el sacrificio por el perdón de nuestros pecados, y no sólo por los nuestros sino por los de todo el mundo.» (1 Juan 2:2). Él fue voluntariamente por nosotros y también por sus verdugos por quienes pidió que les sea perdonado ese pecado. «Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que muramos al pecado y vivamos para la justicia.» (1 Pedro 2:24). En gratitud a su gran amor vamos a querer vivir honrando su palabra.

Oración:

Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, la honra y el poder, porque tú creaste todas las cosas; por tu voluntad existen y fueron creadas. Digno eres, Señor Cordero de Dios, porque fuiste sacrificado, y con tu sangre compraste para Dios gente de toda raza, lengua, pueblo y nación, y junto con ellos me compraste a mí. Gracias porque, aunque merezco el infierno, me regalas el cielo. Amén.

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