(Lectura de la Biblia en tres años: Éxodo 34:18–35, Mateo 24:42–51)

EL SEÑOR ES BUENO

Este pobre clamó, y el SEÑOR le oyó
y lo libró de todas sus angustias. […]

Prueben y vean que el SEÑOR es bueno;
dichosos los que en él se refugian.

—Salmo 34:6,8

¿Quién es bueno, además del Señor? En una ocasión «un hombre llegó corriendo y se postró delante de él.
—Maestro bueno —le preguntó—, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?
—¿Por qué me llamas bueno? —respondió Jesús—. Nadie es bueno sino sólo Dios.» (Marcos 10:17-18). De esta manera Jesús mostró que solo Dios es bueno en todo el sentido de la palabra. Solo él es misericordioso y solo él es abnegado. El salmista en el texto de hoy nos invita a probar esa bondad ¿Cómo es posible?

La palabra que en nuestro texto se ha traducido «prueben» no significa tentar a Dios o desafiarlo. Se refiere a la acción de probar en el sentido de gustar, de saborear. ¿Cómo puede hacerse eso? Depositando nuestra confianza en él cada día, pero especialmente cuando atravesamos momentos de tribulación. Esto mismo hicieron los amigos de Daniel cuando tuvieron que elegir entre negar a Dios o ser introducidos en el horno de fuego calentado siete veces. (Daniel 3:1—30). Sin embargo no es algo que podemos hacer simplemente por haber decidido hacerlo. Pedro prometió no negar a Cristo, y podemos estar seguros que esa era realmente su intención. Pero, llegado el momento su carne débil cayó frente a la tentación. No podemos confiar en Dios por nuestro propio poder. Una fe firme es requisito necesario para poder gustar la bondad del Señor. Pero, así como un ciego no puede percibir los colores por muy brillante que sea la luz, del mismo modo la fe débil y la incredulidad no están afinadas para percibir la bondad del Señor. Necesitamos ver la magnitud de nuestra condición pecaminosa antes de poder percibir la grandeza de la bondad divina, y todo esto solo sucede por obra del Espíritu Santo obrando mediante la Palabra de Dios. Por esto el salmista dice: «Este pobre clamó». Mediante la ley Dios nos muestra nuestra calamidad y con su evangelio nos revela su gracia, misericordia y bondad.

Oración:

Señor, confieso que por mi propia razón o elección no puedo creer en Jesucristo, mi Señor, ni acercarme a él. Sino que el Espíritu Santo me ha llamado mediante el evangelio, me ha iluminado con sus dones, me ha santificado y guardado en la fe verdadera. De la misma manera llama, congrega, ilumina y santifica a toda la iglesia cristiana en la tierra, y en Jesucristo la conserva en la verdadera fe. Gracias te doy por ello, pues mi salvación no depende de mí sino de ti. Amén.

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