MEDITA LA PALABRA DE DIOS

Recita siempre el libro de la ley y medita en él de día y de noche; cumple con cuidado todo lo que en él está escrito. Así prosperarás y tendrás éxito. Ya te lo he ordenado: ¡Sé fuerte y valiente! ¡No tengas miedo ni te desanimes! Porque el Señor tu Dios te acompañará dondequiera que vayas.

– Josué 1:8-9

Las palabras del texto que hoy meditamos fueron dirigidas a Josué por Dios. Sin embargo, el Espíritu Santo permite que podamos aplicarlas a cada uno de nosotros al repetir la promesa tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento (Salmo 1:2-3; 27:1,2; Hebreos 13:5-6).

Con estas palabras alentadoras, el Señor es claro y contundente en insistir que Josué se aferre a la palabra escrita. La lectura de la Biblia debe ser «a fondo», a fin de que él conozca y obedezca «todo lo que está escrito». No es una meditación esporádica sino, más bien, con regularidad, «de día y de noche». Tiene que ser una meditación «personal» y no simplemente un ejercicio intelectual académico, puesto que la promesa vinculada a esta manera de leer la Biblia es hacer que Josué «prospere» y que todo le salga bien.

No se trata de una lectura y meditación mental del texto. Dos palabras, en el versículo 8, remarcan que se trata de lectura audible, no mental: 1) «Recita», el libro de la ley debe estar en «la boca» de Josué; y 2) la palabra hebrea «jagáh», traducida como «medita», significa literalmente «murmurar en voz baja» (como hacen los judíos ortodoxos por lo general hasta el día de hoy), y se traduce «susurrar» en Isaías 8:19.

Pero meditar es más que solo susurrar el pensamiento. Es «Aplicar con profunda atención el pensamiento a la consideración de una cosa, o discurrir sobre los medios de conocerla o conseguirla». Implica el querer aprender y conocer bien lo meditado. Jesucristo mandó que hagamos discípulos «enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado; y ¡recuerden! Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20).

Dios quiere que apreciemos su palabra de tal manera que nuestra meditación de ella sea diaria. Por causa de nuestra naturaleza caída fallamos en hacerlo y por eso merecemos toda la ira de Dios. Jesucristo, al ser nuestro doble sustituto, cargó con nuestro pecado y en la cruz murió pagando nuestra deuda. También apreció la palabra de Dios perfectamente en lugar de nosotros (Lucas 2:41-47; 4:16). Nosotros, en gratitud, vamos a querer apreciar la palabra de Dios como nuestra autoridad en lo que creemos y obramos y querremos gustosamente aprenderla, meditarla, atesorarla en nuestra memoria y corazón, y ponerla por obra.

Oración:

Señor, te doy gracias por tu palabra. Con ella me muestras mi pecado y mi necesidad de salvación, y con tu evangelio me das fe salvadora en Cristo Jesús, mi Sustituto perfecto. Amén.

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