(Lectura de la Biblia en tres años: Éxodo 33, Mateo 24:29–34)

PARÁBOLA DEL RICO INSENSATO

Pero Dios le dijo: «¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?»
Así le sucede al que acumula riquezas para sí mismo, en vez de ser rico delante de Dios.

—Lucas 12:20–21

Ha sucedido muchas veces que tras el deceso de un indigente que vive en las calles se encontró entre sus pertenencias escondido mucho dinero de curso legal. En tal circunstancia es fácil preguntarnos ¿Por qué hizo eso? ¿No le hubiera sido mejor haber disfrutado de esa riqueza.

Atesoramos muchas cosas: bienes, conocimientos, recuerdos, porque nos dan la sensación de seguridad. Pero detrás de todo ese acumular se encuentra el pecado de la codicia. Tanto quien posee mucha riqueza material como el que tiene apenas lo necesario tiende a retener aquello en lo ha puesto su corazón. Tal como Cristo lo dijo: «Pues donde tengan ustedes su tesoro, allí estará también su corazón». (Lucas 12:34). Si nuestro tesoro no es Cristo somos tan necios como el rico de la parábola.

Hay algo que nos pertenece totalmente y que puede ir con nosotros a la eternidad: nuestro pecado. Pero en cuanto a los bienes materiales «nada trajimos a este mundo, y nada podemos llevarnos». (1 Ti 6:7 cf. Job 1:21; Sal 49:17; Ec 5:15.). Todo cuanto actualmente poseemos pertenece a Dios, quien nos lo ha otorgado para que lo administremos sabiamente. Por lo tanto, esos bienes deben de ser apreciados y usados para su gloria. Pero en el momento empezamos a confiar en los bienes de este mundo y aferrarnos a ellos, esas bendiciones llegan a ser «vanidades» sin más valor que el de servir de testigos de nuestra falta de amor a Dios y al prójimo y de nuestra avaricia y codicia (Santiago 5:1-6). Confiar en cualquier otra cosa aparte del Señor es un pecado contra el primer mandamiento, por el cual somos merecedores de toda la ira de Dios. Jesucristo, como nuestro doble sustituto confió solo en Dios y en lugar nuestro padeció toda la ira de Dios en la cruz. En gratitud vamos a querer depositar nuestra seguridad actual y la eterna no en los bienes de este mundo, sino solamente en él. En consecuencia vamos a querer apreciar y hacer uso de los dones con los que él nos ha colmado para gloria suya.

Oración:

Señor, te doy gracias porque por los méritos de Jesucristo, mi doble sustituto salvo y tengo la oportunidad de disfrutar de tus riquezas. Te suplico me ayudes a ser un administrador fiel de las bendiciones que me has encomendado. Amén.

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Meditaciones son presentadas por Publicaciones Multilingües-WELS y www.CristoPalabraDeVida.com.

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